miércoles, 29 de enero de 2014

San Pedro del Vaticano


Roma. Planta, alzado y cúpula. 220 m de longitud. Siglos XVI y XVII.

San Pedro del Vaticano es el templo más prestigioso de la cristiandad católica, al estar edificado sobre la tumba del primer papa, san Pedro. A principios del siglo XVI se conservaba la vieja construcción paleocristiana de tiempos de Constantino, aunque en un estado deplorable. Por ello, y en sintonía con el nuevo ambiente humanista, el papa Julio II encarga a Bramante su sustitución por una nueva basílica acorde con el nueva gusto renacentista.

Bramante comienza el derribo de la vieja construcción en 1506, y proyecta un enorme edificio centralizado de planta de cruz griega inscrita en un cuadrado, con cuatro ábsides principales y ocho secundarios, cuatro torres en las esquinas y una gran cúpula sobre la tumba del apóstol, rodeada por otras cuatro de menor tamaño. El exterior quedaría modulado por los distintos volúmenes, unificados mediante pórticos. Pero la polémica sobre la validez de las plantas centralizadas, y las propias dificultades técnicas y económicas, hacen que sólo se levanten parte de los pilares.

Varios arquitectos, entre ellos Rafael, proseguirán con el proyecto sin grandes avances y con dudas entre la planta longitudinal y la centralizada. Sólo desde 1539 con Sangallo se consigue organizar y poner en marcha las obras. Su plan respeta el de su maestro Bramante, pero lo prolonga hacia los pies y le añade un gran pórtico flanqueado por dos torres que compiten con la cúpula. Pero a su muerte no se ha avanzado apenas.

Es entonces, en 1546, cuando el papa Paulo III encarga la dirección de las obras a Miguel Ángel. Durante casi veinte años, éste dará la forma definitiva a la basílica, alterando los proyectos anteriores. Vuelve a la planta central con cuatro brazos iguales en torno a la cúpula, y plantea un gran pórtico a los pies, que no llega a definir. Suprime todo lo que considera accesorio: torres, columnatas, ábsides, en busca de una simplicidad clásica que realce los volúmenes. Los muros se articulan mediante colosales pilastras corintias y un ático. Entre ellas, hornacinas y ventanas.

Lo más espectacular es la cúpula, de 42 metros de diámetro, que se convertirá en el ejemplo repetidamente imitado. Recrece el tambor en altura, y lo modula con columnas corintias pareadas. Alternan frontones rectos y curvos sobre los ventanales. Un ático con guirnaldas da paso a la media naranja, proyectada con doble casco, al modo de la florentina de Brunelleschi. Cuando muere en 1564 se ha levantado casi todo el transepto, incluyendo el tambor de la cúpula.

Sus sucesores modificarán este plan. A fines del XVI, Giacomo della Porta concluirá la cúpula, que alcanza los 131 metros de altura, algo más apuntada que la ideada por Miguel Ángel. Y a principios del siglo XVII Carlo Maderna prolongará las naves hacia los pies dándole su definitiva planta de cruz latina, y dotará a la basílica de una monumental fachada, que guarda poca relación con el resto del edificio.

La vieja basílica paleocristiana
Las obras del Vaticano
Los arquitectos de San Pedro
Medalla de 1506 con el proyecto de Bramante
Proyecto de Bramante
Proyecto de Bramante
Proyecto de Sangallo
Proyecto de Sangallo
Proyecto de Miguel Ángel
Comparación de las plantas de Bramante y de Miguel Ángel
Proyecto de Miguel Ángel
Proyecto de Miguel Ángel, sección longitudinal
La cúpula
Maqueta original
Vista desde la cabecera




Modificación de Maderno
La nueva fachada
Fachada de Maderno
El resultado
Plano actual









Nuestro conocido Vasari describe así el inicio de los trabajos de Miguel en San Pedro del Vaticano:

Ocurrió que en el año 1546 falleció Antonio da Sangallo, y faltando quien dirigiera las obras de San Pedro, hubo diversos pareceres acerca de quien debía recibir el encargo. Finalmente Su Santidad, creo que inspirada por Dios, resolvió llamar Miguel Ángel, a quien propuso que ocupara el puesto de Sangallo, cosa que aquél declinó diciendo para eludir esa responsabilidad que la arquitectura no era su especialidad. Finalmente, como los ruegos no daban resultado, el Papa le ordenó que aceptara. Así, con sumo desagrado y contra su voluntad, Miguel Ángel tuvo que acometer la empresa.

Un día fue a San Pedro a ver el modelo en madera, hecho por Sangallo, y examinar el estado de las obras y allí encontró a toda la tribu sangallesca, cuyos miembros, acercándose a él lo mejor que pudieron, le expresaron su alegría de que le hubiesen encargado la dirección de esa obra, agregando que ese modelo era una pradera en que nunca se terminaría de pacer. «Decís verdad», contestó Miguel Ángel, significando con ello (como declaró luego a un amigo) que eso valía para las ovejas y los bueyes, que no entienden de arte. Luego manifestó públicamente que Sangallo había proyectado un edificio ciego, desprovisto de luz y en cuya parte exterior había demasiados órdenes de columnas, unos encima de otros, y tantos resaltos, agujas y quebraduras de miembros, que más parecía obra tudesca que buen estilo antiguo o elegante y bella construcción moderna. Agregó que se podían ahorrar cincuenta años y más de trescientos mil escudos, realizando la obra con mayor majestad y grandeza, y más fácilmente, con mejor estilo y superior belleza y comodidad. Y lo demostró luego en un modelo que hizo para reducir el edificio a la forma en que hoy se ve, evidenciando que lo que decía era la pura verdad. Ese modelo le costó veinticinco escudos y fue construido en quince días. Para hacer el suyo, Sangallo necesitó varios años y gastó cuatro mil escudos. De lo cual y de otras cosas, se deduce que aquella construcción había sido para Sangallo un negocio provechoso que se prolongaba con la intención de no ponerle fin, sino de conservarlo para su explotación.

El Papa hizo un motu proprio por el cual lo nombró director de toda esa obra con total autoridad para hacer y deshacer, aumentar, reducir y modificar a su gusto cualquier cosa, y quiso que el cuerpo de administradores dependiese de su voluntad. Y Miguel Ángel, viendo tanta confianza del Papa quiso, para demostrar su desinterés, que en el motu propio se declarase que iba a hacer esa obra por el amor de Dios y sin recompensa alguna. Sin embargo, el Papa le había dado antes la renta del peaje del río en Parma, que representaba seiscientos escudos, beneficio que perdió al morir el duque Pier Luigi Farnese. En cambio, le dieron una cancillería de Rímini, de menor valor, cosa que no pareció preocuparle. Aunque el Papa le envió muchas veces dinero, en carácter de pensión, nunca quiso aceptarlo, como lo atestiguan Messer Alessandro Ruffini, que entonces era camarero del Papa, y Messer Pier Giovanni Aliotti, obispo de Forlì. Finalmente el Papa aprobó el modelo que había hecho Miguel Ángel, reduciendo el tamaño de la basílica, pero dándole mayor grandiosidad para satisfacción de todos aquellos que tienen buen juicio, por mucho que algunos que pretenden ser entendidos (pero en realidad no lo son) no lo han aprobado. […]


Había llegado Miguel Ángel al punto en que, viendo que se trabajaba poco en San Pedro y estaba adelantada gran parte del friso y de las columnas dobles del exterior, que giran sobre el cornijón redondo, donde luego había de colocarse la cúpula, fue alentado por sus mejores amigos -el cardenal di Carpi, Messer Donato Gianotti, Francesco Bandini, Tomaso de Cavalieri y Lottino- para que hiciera por lo menos el modelo de esa cúpula, cuya construcción se demoraba. Estuvo varios meses sin decidirse a hacerlo, pero al fin comenzó el modelo, que hizo primero en pequeño, de barro, para hacer ejecutar luego uno mayor, de madera, con la ayuda de aquél y de los perfiles y las plantas que había dibujado anteriormente. Este nuevo modelo fue hecho en poco más de un año, con mucho estudio y esfuerzo, por el maestro Giovanni Franzese. Su terminación fue motivo de grandísima satisfacción, no sólo para sus amigos, sino para toda Roma, pues señalaba la confirmación y puntualización de aquella obra.

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