miércoles, 19 de marzo de 2014

Goya: El 3 de mayo o Los fusilamientos de la Moncloa

El reciente proceso de limpieza y restauración
Óleo sobre lienzo, 268 por 347 cm. 1814. Museo del Prado (Madrid)

Una noche de mayo –cuando los trigos se encañan y están los campos en flor– se han oído unas descargas rítmicas. El pintor lo sabe: la fuerza se reviste de ritmo para cumplir sus crímenes. Alucinado, sordo, viejo, va a rebuscar entre los muertos. Su criado le acompaña con un farol. Y aquel hombre íntegro, violento, lleno de pasión, dibuja y dibuja. Es la fe notarial de lo que ha visto. Es el testimonio y la protesta: la cabeza machacada por los disparos, los ríos de sangre, y su pueblo: los alucinados, la desesperación, la conformidad. Y el símbolo: aquel gitanillo descamisado que se ofrece con gesto de torero rabioso a los cuernos que van a empitonarle. A solas en la gran noche de la Historia. Para quienes se asusten, ahí están los asesinos apuntando un paso de ballet. Ellos, precisos, rítmicos, geométricos, van a cometer su crimen. Preciso, rítmico, geométrico: el Arco de la Estrella. Las víctimas, salvadas para siempre en el heroísmo de la entrega, signan este cuadro: Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío. Goya, viejo, sordo, alucinado, era la voz que haría temblar la armonía de las estrellas. (Manuel Alvar, Aragón. Literatura y ser histórico, Zaragoza 1976, p. 206).

En 1814 ha concluido la guerra de la Independencia. Pendientes del regreso de Fernando VII, en febrero la regencia encarga a Goya la pintura de dos grandes lienzos que conmemoren el levantamiento de la población de Madrid contra los franceses, seis años antes. La documentación conservada expresa «la grande importancia de tan loable empresa y la notoria capacidad del dicho profesor para desempeñarla… que mientras el mencionado Goya esté empleado en este trabaxo, se le satisfaga por la Tesorería Mayor, además de lo que por sus cuentas resulte de invertido en lienzos, aparejos y colores, la cantidad de mil y quinientos reales de vellón mensuales por vía de compensación… para que á tan ilustre y benemérito Profesor no falten en su avanzada edad los medios de Subsistir». La llegada del rey supondrá graves cambios en lo político, pero no en el destino de estos cuadros: se encargarán los correspondientes marcos y posiblemente fueron expuestos en alguna dependencia del palacio real.

El 3 de mayo de 1808 recoge la sangrienta representación del ejército de Murat tras el fallido levantamiento madrileño. Se discute su localización concreta, pero ésta es indiferente. Goya sólo sugiere un espacio suburbano, idóneo para la tragedia que se desarrolla a la luz cruda de un gran farol. A la izquierda, contra un talud impreciso, el pueblo anónimo: unos a punto de ser fusilado, más a la derecha los que aguardan el mismo destino, debajo los cadáveres. No es una representación heroica y enaltecedora, como solía ser la representación convencional de la guerra (y como seguirá siendo hasta nuestros días). Es una humanidad doliente, rota; diversa en aspecto, ropajes y calidades, pero unida en el trance y que sólo se individualiza por las distintas reacciones ante la muerte, en lo que parece un esfuerzo de Goya por universalizar el acontecimiento concreto: el que reta, el que amenaza, el que reza, el que se desespera... Prima ante todo la expresión de las emociones que dominan a los patriotas, que estallan en ellos, y que nos alcanzan/implican como espectadores.

Y en genial contraste, el grupo de los soldados franceses, con su equipo completo (sables, correajes, mochilas) que apuntan con los fusiles armados de superfluas bayonetas. Es una hilera fría, sin rostros, que percibimos a contraluz (aunque Goya deja de lado toda preocupación naturalista). Entre todos conforman un solo ente monstruoso cuyo único objetivo parece ser el segar vidas. Y lo hacen de forma mecánica, sin que percibamos ningún pálpito humano. Las emociones han desaparecido: carecen por completo de la expresividad del grupo de los patriotas. Si éstos sorprenden por su viveza, a un paso de la muerte, los que se la van a dar parecen inanimados.

Los espectadores quedamos en un plano inferior, atrás, e incapacitados para intervenir en el drama, pero atrapados por completo en esta escena trágica. La obra (como su compañera El 2 de mayo, como los Desastres de la Guerra) resume de modo magistral todo el horror de la guerra, sin idealizaciones ni romanticismos. Su influencia será considerable, como podemos ver en La ejecución del emperador Maximiliano de Manet (1868), o en Matanza en Corea de Picasso (1951). Terminamos (como empezamos) con otro acercamiento literario a esta obra cumbre de la pintura universal:

                         Él lo vio...Noche negra, luz de infierno...
                    Hedor de sangre y pólvora, gemidos...
                    Unos brazos abiertos, extendidos
                    en ese gesto de dolor eterno.
                         Una farola en tierra casi alumbra,
                    con un halo amarillo que horripila
                    de los fusiles la uniforme fila,
                    monótona y brutal en la penumbra.
                         Maldiciones, quejidos...Un instante
                    primero que la voz de mando suene,
                    un fraile muestra el implacable cielo.
                         Y en convulso montón agonizante,
                    a medio rematar, por tandas viene
                    la eterna carne de cañón al suelo.
                                        Manuel Machado, en Apolo (1911)









Manet, La ejecución del emperador Maximiliano (1868)
Picasso, Matanza en Corea (1951)
Graffiti en Madrid

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