martes, 8 de abril de 2014

Antonio Canova: Paolina Borghese como Venus Victrix


Mármol, 200 cm. 1804-1808. Galería Borghese, Roma

Paulina (1780-1825) es la hermana menor de Napoleón Bonaparte, aunque se le conoce habitualmente por el apellido de su segundo marido, el príncipe Borghese. Pasa su juventud en la época del mayor dominio francés sobre Europa, en la que triunfa definitivamente el neoclasicismo: es el denominado estilo Imperio. Revolucionarios, bonapartistas, y antibonapartistas valoran exclusivamente en lo estético (en las artes mayores, pero también en el mobiliario, en el vestido, en la joyería...) los modelos considerados clásicos. Y entre estos modelos, el antiguo desnudo heroico va a volver a estar de moda. Así, el propio Napoleón será representado en ocasiones como Marte triunfante.

Pero la intención de Paulina Borghese al encargar un retrato al ya consagrado escultor Antonio Canova (1757-1822) es un poco diferente. Exige ser representada como Venus, lo que tradicionalmente exige (más que justifica) la desnudez. Pero es un retrato privado, no destinado a la exposición pública, sin el componente político que solían poseer este tipo de representaciones. Al contrario, lo que predomina por deseo de la retratada es el carácter erótico, en línea con el sensualismo (en las ideas, pero también en comportamientos y modas) propio de la época. Pues bien, Canova resuelve magistralmente el encargo, evitando a la vez dos peligros opuestos: la frialdad y distanciamiento inherente a muchas obras neoclásicas, y un exceso de exhibicionismo que fácilmente podría ser considerado inmoral.

Paulina aparece representada como Venus, a la que Paris ha concedido la manzana de la victoria en el certamen con Juno y Minerva. Se encuentra negligentemente recostada en un rico diván (otra referencia clásica), semicubierta por un ropaje desceñido, apoyada sobre la cadera y con el torso levantado gracias a varios almohadones. Conserva en la mano derecha el fruto, mientras que la izquierda (con una rica pulsera) sostiene la cabeza. El rostro muestra una atrayente sonrisa y una mirada lánguida que se pierde a lo lejos, soñadora, por encima de la de los espectadores que la observan. Estos quedan en un plano inferior aunque atrapados por el atractivo del personaje, que transmite al mismo tiempo una sensación de distanciamiento y de proximidad, lo que ha llevado a Fred Licht a relacionarla con las autoescenificaciones características de las estrellas de cine.

Desde el punto de vista formal es una obra estática pero llena de vida. El diván, el colchón, las almohadas, al igual que las vestiduras, muestran un exigente naturalismo detallista que atiende a la reproducción de pliegues y texturas. El cuerpo del personaje es realista aunque idealizado, y en él brilla la piel marmórea muy pulida. La cabeza muestra el característico peinado de la época, con los cabellos recogidos por cintas, inspirado en la estatuaria romana y de moda entonces. El rostro, de perfil, es un auténtico retrato que reproduce los rasgos de nuestra protagonista, aunque también idealizados e incluso divinizados para así convertirla en la diosa del amor, como quiso ser representada.

Pauline Bonaparte en 1797









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